lunes, 27 de julio de 2015

La fe en cristo nos da libertad 

 

 

 Gál 5:1 Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. 

LIBERACIÓN DE UN CAUTIVO 

         Las lágrimas corrían libremente por el rostro de un anciano mientras trataba de desatar el nudo de un cordón que tenía alrededor del cuello, en el que tenía colgado un pequeño saco. El nudo estaba sucio, y lleno de tierra. El anciano tenía la cabeza doblada como si llevara un gran peso sobre la espalda, su cuerpo temblaba y el temor de lo desconocido se reflejaba en sus ojos. Este hombre era Sampashe, jefe africano. “No debes confiar en dioses paganos”, le habían dicho; pero el conflicto de siglos de tinieblas y temor se había posesionado de él. ¿Qué calamidades le sobrevendrían si se quitaba este amuleto? ¿No podría conservar por lo menos éste? “No”, le dijeron, si realmente crees en el amor y en el poder de Jesús, debes poner tu confianza solamente en él”. Parado junto al anciano, en silencio y compresivo, sonriendo para infundirle ánimo y confianza estaba el misionero. Sampashe levantó las manos, pero el viejo nudo no podía deshacerse, pues había estado atado por tantos años que estaba completamente sólido. El terror se apoderó del corazón de Sampashe. Miró el rostro del misionero y entonces hizo la primera oración de su vida, la cual era un grito en el que pedía auxilio, misericordia y amor. El nudo se aflojó, y a medida que el cordón se deslizaba del arrugado cuello del anciano, también una carga pesada caía de su corazón. Alzando el rostro lleno de lágrimas, Sampashe sonrió triunfante y tomó la mano del misionero en señal de fraternidad cristiana.

      Cristo no será el Salvador de nadie que no lo reciba y confíe en Él como su único Salvador. Prestemos oído a las advertencias y las exhortaciones que hace Dios en la biblia para estar firmes en la doctrina y la libertad del evangelio. Todos los cristianos verdaderos que son enseñados por el Espíritu Santo, esperan la vida eterna, la recompensa de la justicia, y el objeto de su esperanza, como dádiva de Dios por fe en Cristo; y no por amor de sus propias obras.